Tras ir colgando parte de las entrevistas que hemos estado realizando sobre emprendizaje en cultura, algunas voces nos han pedido que reflexionemos sobre las razones que en su momento empujaron a YP a hacerse empresa. Intentando responder a esas demandas y pensar sobre ello, dejamos aquí algunas notas:
Iniciamos nuestra actividad auspiciados bajo el nombre de YP hace tres años empujados por la voluntad de hacer algo juntas y con la intención de crear un modelo que pudiera asegurarnos un ingreso económico regular. En ese momento llevábamos tiempo trabajando por separado, situándonos en ese lodazal incierto que es el trabajo cultural no considerado como tal y consecuentemente no remunerado. Fundamos la S.L en un momento en el que se hablaba mucho de “ser autoempresa (self-enterprise)” que es una metáfora bonita que jurídicamente carece de categoría alguna que la ampare. En ese momento realizamos una ecuación un poco extraña: si nos presentamos como empresa se nos tratará con seriedad, seremos vistos como trabajadores y se nos remunerará convenientemente, ergo seremos una empresa. Nuestra S.L era casi una reivindicación, era un manifiesto jurídico que visto 4 años después resulta algo naïf. Muchas de las cosas que dijimos entonces seguramente no las repetiríamos ahora y forman parte de nuestros debates internos y de las discusiones (siempre productivas) con nuestro entorno.
La empresa nos ayudaba a rubricar bajo una identidad colectiva, en esos momentos (y posiblemente ahora de forma más acentuada) encontrábamos que algunas cosas que se daban en el ámbito cultural y artístico nos interesaban, pero no nos sentíamos nada cómodos reproduciendo las labores, roles y perfiles “profesionales” del campo (léase artista, crítico, comisario, gestor, programador, etc.). De ahí nació nuestra denominación y modelo operativo como productora, productora de contenidos, de discurso, de contexto y, de vez en cuando, de objetos. Creíamos que si cohesionábamos nuestros objetivos y organizábamos un poco nuestro trabajo colectivo podríamos llegar a reflexionar sobre cuestiones del ámbito cultural pudiendo a la vez cubrir nuestras necesidades básicas. Ahora, nos toca preguntarnos si una empresa es la mejor plataforma desde la que proponer y adentrarse en reflexiones en torno al ámbito cultural, y encontramos que la respuesta, en sentido estricto, es que no. Es mucho más fácil investigar si el teléfono no está sonando, si cada trimestre no hay que correr buscando facturas, si una no tiene que estar pensando en el siguiente proyecto cuando el que has clausurado aun está caliente, etc. Pero por otro lado, este trabajo colectivo nos ha ayudado a perfilar y a entender otra forma de investigación, una en la que el pensamiento no va desasociado de la acción si no que se integra en ésta en cada decisión que se toma, en cada estructura que se monta y en cada proyecto que se presenta.
Si bien algunos de nuestros objetivos han llegado a cumplirse, esto no es cierto en todos los casos. No hemos conseguido que nuestro trabajo sea ni decentemente (y en ocasiones siquiera) remunerado. Nuestras condiciones han mejorado lentamente pero a costa de que algunas de nosotras hayamos estado sin cotizar, trabajando más horas de las recomendables, sufriendo un desgaste humano y personal complicado de subsanar y sufriendo la esquizofrenia de tener un discurso público crítico con la explotación y precarización de la cultura y a la vez siendo culpables de nuestra propia auto-explotación. Por ello estamos en condiciones de decir que tras montar la empresa ni nos sentimos emprendedores ni estamos trabajando en YP por sentirnos más libres o menos precarizados.
Nunca hemos sabido muy bien cómo funciona esto de “ser empresa” y a día de hoy nos nos sentimos nada cómodos dentro de esa existencia, razón por la que cíclicamente nuestro modelo ha sido puesto en crisis. Las meteduras de pata en gestión las hemos pagado caras, aun así en todo momento hemos hecho lo posible para que esto no salpicara a la gente con la que trabajábamos o teníamos cerca. En su momento pensábamos que ser una empresa podía llegar a ser sinónimo de profesionalidad, pero visto lo visto, trabajado lo trabajado, e intuyendo lo que nos queda por delante, estamos en condiciones de aseverar que esto no es cierto. Ni en nuestro caso ni en el de muchos otros, ya que hay gente muy profesional que va por libre, asociaciones sin ánimo de lucro que son estructuras de gestión perfectas y mucho manta y soplapollas que te vende una moto que a la larga acaba saliendo más cara de lo que se prometía. Las identidades jurídicas te ofrecen posibilidades de gestión, pero no garantizan en momento alguno la solvencia ni sostenibilidad de la misma.
Ahora ya no somos una S.L, abierta una nueva crisis probamos con un modelo nuevo, hacer y deshacer, cortar y pegar, cobrar y pagar. En ese sentido, vemos como nuestra empresa ha sido estructura y a la vez objeto de nuestros trabajos de investigación y seguramente erramos en alguna ocasión en pensar que era algo más que una mera herramienta. Para acabar de cristalizar nuestras dudas, vemos un discurso público que se ha construido sobre las debilidades del sector, acusándole de no ser profesional queriendo equiparar el emprendizaje con la solvencia, el ser empresa con el ser rentable, la concurrencia con la calidad, la subvención con la dependencia, la deuda con la independencia, etc. Lo que en un momento eran exigencias del sector, la voluntad de profesionalizar las prácticas culturales y encontrar modelos de trabajo más adecuados y sensibles con las necesidades de las y los productores culturales, ha abierto puertas para un proceso de privatización (ojo, no de profesionalización) que por una lado ha ayudado a formalizar ciertas prácticas culturales pero estableciendo un peaje caro: la responsabilización de los productores culturales por las carencias del sector. El discurso sobre el emprendizaje ofrece a las y los agentes del sector lo que desde hace tiempo veníamos reivindicando: que el trabajo cultural sea aceptado como tal, aceptar que la cultura puede ser una fuente de beneficios y no tan solo de gastos, que los agentes culturales tenemos un papel importante en el desarrollo de las ciudades, que los trabajadores culturales son agentes profesionales o que se quiere independencia de la cultura respecto a la política, entre otras exigencias. La “crítica artística�? ha sido asimilada y reconducida, neutralizando de esta manera a la gente que la venía promoviendo; lo que hasta ahora exigíamos se ha convertido en discurso oficial y parece imponerse como única forma de proceder, de allí nacen nuestras dudas y necesidad de reflexionar.
De todo lo expuesto nace la investigación de la que han aparecido algunos destellos en este blog, buscando comprender nuestra propias contradicciones y las del sector. Intentando entender el paradigma económico que se nos avecina que viene trufado de desarrollo, crecimiento y libertad.
que honestas!!!